Mire señor, allá en el rancho de donde vengo se dice que cuando se le tiene lástima a algún animalito que se está sacrificando, no se muere. Por eso, un día cuando todavía era chamaco, me dieron ganas de saber si eso era cierto y me asomé al lugar en donde mataban a los pollos.
Yo ya estaba acostumbrado a ver esas cosas, por eso me costó trabajo sentir lástima y entonces empecé a romperme el coco imaginándome tarugadas, como todo lo que le dolía a la gallina que la estuvieran matando, o en que sus pollitos se quedarían sin mamá; así poco a poco pensando en esas tonterías fui sintiendo cada vez más feo y hasta lágrimas me salieron.
La cosa es que luego de varios intentos funcionó y la última gallina que estaban matando, pos no se murió hasta que yo me salí. Así le practiqué y ya después de mucho tiempo de insistirle, no era necesario imaginarme cosas para sentir feo, así solito pude sentir lástima aunque no la sintiera de verdad ¿No sé si me entiende lo que le digo, señor? El chiste era nomás concentrarme y yo creo que con la pura mirada no se morían.
Me empezó a gustar hacer travesuras con ese truco, así que cuando no había nada que matar en la casa de mi apá, entraba a los mataderos de otras personas del pueblo y no dejaba que sus animalitos se murieran hasta que yo quisiera. Ahí supe que lo que me llamaba la atención era verlos sufrir.
Mi apá se enteró de que me gustaba mucho estar ahí cuando mataban a los animales, al principio yo creo que no le importó y hasta le convenía que siempre quisiera ayudarle a sacrificar, pero ha de saber usted como son los apás que se dan cuenta de cuando algo en sus hijos anda creciendo chueco.
En una de esas, nomás ya no me dejó ver nada de nada y me mandó a que le ayudara a mi mamá en cosas de la casa y a cuidar a mis hermanos. Ahí le fui aprendiendo a los oficios que la casa pide, lo malo es que los únicos animales que veía eran los pollos muertos de la cocina y así pos ya no eran divertidos.
No me vea así señor, le juro que no he hecho mal, créame que nunca maté ni torturé a nadie, nomás veía, eso era lo que me gustaba. Si usted lo piensa bien no es lo mesmo ver que hacer, pero mejor le sigo hablado de lo de mi apá y disculpe si digo alguna otra cosa que usted piense que es mala.
A luego de que mi apá me corrió del matadero ya no me dejaba ver cuando sacrificaban a los animalitos, porque decía que cuando yo estaba no se podían morir. Yo sabía que eso era verdad. ¿Y va a creer que como ya era cosa prohibida me empezó a gustar más? Cada que iban a matar algo yo me escondía donde a nadie se le ocurriera voltear y ahí esperaba.
A las gallinas les cortaban el pescuezo y se les salía toda la sangre y nomás no se morían, los puercos y los borreguitos después de desnucarlos seguían pataleando. La gente se espantaba cuando veía esas cosas y no sabía ni que pensar. Un día que estaban sacrificando a un cochino en el rastro de mi apá, no me pude aguantar un estornudo y ¡zas!, que me descubre.
Me jaló de las orejas y me tiró ahí en frente del puerco que se estaba retorciendo.
―¡Mira como sufre! ¿Te gusta verlo así?
―me gritó mi apá. Yo le dije mentiras y le contesté que no, pero la mera verdad, a mi sí me gustaba ver como no se moría el cochino.
―Te vas a quedar aquí hasta que se muera el animal
―me ordenó. Yo nomás obedecí a mi apá y ahí me quedé. Y el cochino pos no se moría, ya ni sangre tenía en el cuerpo ni aire en el pulmón, pero seguía retorciéndose sin morirse y lanzando unos chillidos que segurito despertaron a todo el pueblo. Mi apá se enojaba cada vez más y los señores que le ayudaban empezaron a hablar bajito entre ellos y a espantarse. Mi apá había dicho que no me saliera de ahí, pero los señores a luego le pidieron que me dejara ir.
―¡De aquí no se sale nadie!
―ordenó mi apá
―ahora pongan el agua a hervir, si este animal no se piensa morir, vivo lo vamos a despellejar y a cocinar. Los hombres, torciendo la boca colocaron el cazo y entre los tres aventaron al cochino al agua en donde pior chilló y se retorció tanto que hasta volteó el cazo y le alcanzó a quemar los pies a uno de los señores.
―¡Ya saque al chamaco jefe! ... por favor
―suplicó el quemado
―¿No ve que por su culpa el animal no se muere? A mi apá no le quedó otra que atender a sus trabajadores y me sacó del matadero, vi en él esa mirada que echaba cuando me tocaban palos y vi en sus hombres la mirada que tiene la gente cuando algo les asusta. Ya no escuché nada cuando me salí, pero sé que los hombres siguieron hablando con mi apá y como él se enojó con ellos, los corrió. Yo creo que se fueron a hablar de mí y de lo que acababan de ver, ya sabe usted que los pueblos son chiquitos y todo se sabe y de todo se entera uno. No se tardó nada en correr la mecha, al rato ya era yo el hijo de no sé qué diablo, el embrujado y cosas así de las que se habla en las noches esas cuando el viento sopla más fuerte que siempre. Nadie se atrevió a decirme de frente, pero escuchaba que cuando hablaban de mí, me decían “la mosca”, quesque porque me gustaba andar cerca de la muerte. A la mayoría de las habladurías no se les podía decir mentira. Como la gente ya era más cuidadosa cuando matan a sus animales, tenía que buscar otras maneras de entretenerme, me iba a sentar cerca de la entrada del pueblo, porque ahí era en donde atropellaban más a los perros. Esperaba y esperaba a que pasara eso, a veces por días. Tenía que ser muy rápido porque ya muertito el animal yo nada podía hacer, pero si le quedaba tantita vida pos ya me servía por un rato, hasta que se me diera la gana. A veces los carros nomás les pegaban y los empujaban a los perros a un lado de la carretera, otras veces los carros los machucaban y los aplastaban o los partían. Eso era lo que más me gustaba, verlos ahí tirados con las tripas pegadas en el piso y todavía intentando moverse, de verdad que no tiene la menor idea de cómo me gustaba. Y entre más grande era el animal más lo disfrutaba. Pero como ya era costumbre, nunca faltaba el que me descubriera y fuera con el chisme. Yo de todos modos no me quitaba y seguía practicando hacer como si le tuviera lástima a todo lo que se estuviera muriendo para que no se muriera, porque a esas alturas la lástima de a verdad no sé si la sentía. Me cuidaba pa’ que nadie me viera, pero a veces estaba tan entretenido que me cachaban y las cosas se ponían malas. Me daban unas corretizas por medio pueblo, casi siempre les ganaba, cuando uno está acostumbrado a andar solo, se enseña a correr rápido, pero no fuera que me alcanzaran porque ahí me metían unas tundas a veces tan fuertes, que alguno con remordimiento de conciencia le tenía que avisar a mi apá por donde andaba tirado para que me fuera a recoger. Y en la casa ya recuperado me tocaba otra, ora por mi apá. Entre las habladas que eran ciertas y las que no, que pal caso contaban igual, el negocio de mi apá se puso difícil porque ya no le compraban tantos animales como antes, ni vivos ni muertos, tenía que irlos a vender por allá lejos, donde no me conocieran y donde le pagaban menos, como si fueran de mala calidad aunque estuvieran más cuidados que su mesma familia. Además todo lo hacía él solo porque ya nadie quería trabajarle. Era gastar más en gasolina y en tiempo y lo pior es que era pa’ ganar menos; el dinero ya no alcanzaba igual que antes y las cosas se ponían más difíciles para todos en la casa, pero mi apá se esforzó el doble y metió a trabajar a mis hermanos para que le ayudaran con los gastos y poder seguirle. Eso no le gustó mucho ni a mis hermanos ni a mi amá, entonces en la familia también me empezaron a rechazar. La escuela no era mejor, el maestro que se supone debe ser parejo con todos, se desquitaba conmigo hasta de lo que no le pasaba. Ya no quise ir a estudiar y le seguí metiendo duro en la casa pa’ sentir que me ganaba mi lugar y mi comida, ahí todo funcionaba bien: la luz, la plomería y hasta el jardín estaba cuidadito, pero nomás en la casa, porque de fuera nadie me daba trabajo y mis hermanos pensaban que era pura flojera mía. Cada vez le costaba más caro a mi apá, me sentía como un piojo chupándole la sangre y por más que quisiera no lo podía ayudar. Usted dirá “nomás hubieras dejado de hacer eso que hacías”, pero no, no era tan fácil dejarlo, ya era algo que mi cuerpo necesitaba. Por eso lo seguí haciendo, buscándole por dónde, moviéndome a pueblos más lejanos o en carreteras. Había veces que me desaparecía por días y ya mi apá me veía regresar tranquilo. Pero mis salidas no eran sólo pa’ mis gustos, si me alejaba lo suficiente podía conseguir algún trabajillo rápido pa’ ayudar en la casa; cargando cosas o pintando, lo que me dieran. Le digo, señor, que yo no soy hombre de mal. Mi apá con tantas angustias se terminó enfermando, le llegó uno de esos males que matan a la gente de a poquito, de esos que ya no se curan y se empeoran con las medicinas que dan los doctores. Ya el color de su piel no era el mismo, parecía como de cera y su cabello se le caía a mechones, su cabeza ya en lugar de pelo tenía un montón de manchitas cafés. Mi apá se estaba muriendo y yo ya lo sabía. No quería que se muriera, y menos porque que sus males eran por mi culpa. Mi apá dejó indicaciones muy serias de que si se ponía muy malo no me dejaran acercarme a él, porque si se tenía que morir se iba a morir y ya. Pero era mi apá, tenía que estar con él hasta el último momento. El día que se puso pior, le hablaron a un doctor que llegó con sus enfermeras, lo vieron tan malo que decidieron hablarle a un padrecito que trajo sus humos. Cuando corrió la noticia de que mi apá estaba en las últimas, también se apareció la familia, esa que sólo se presenta cuando hay herencia. A mí me mandaron a mí cuarto y ahí me encerraron con llave y todo, pero ya hacía mucho que sabía cómo salirme de ahí sin me que vieran. Me fui pa’ fuera del cuarto de mi apá y estaba escuchando como se estaba despidiendo, la verdad es que yo me sentí mal por no estar con él y busqué la forma de verlo. Me salí de la casa y me asomé por la ventana que daba a donde él estaba y desde ahí me escondí lo mejor que pude.
―Cuiden a mi hijo
―decía mi apá
―él tiene una vida difícil y muchos problemas, pero es un buen muchacho. Ahí en el cuarto estaba un señor que no conocía, era grandote, tosco y la gente lo veía como me veían a mí: Con miedo.
―A ti Ramiro, te lo encargo con especial cuidado, lo pensé mucho y creo que va a estar mejor a tu lado, lo único que te pido es que siga siendo un buen muchacho como hasta ahora
―dijo mi apá al señor que nomás bajó un poquito la cabeza pa’ decir que sí. Todos creyeron que esa era la despedida. Y así estuvo a punto de morirse un buen rato; tosía, se retorcía, se desmayaba y se despertaba de nuevo como decepcionado de que seguía respirando. El tal Ramiro fue el primero en desesperarse y salirse de ahí, luego uno que otro gorrón que nomás iba a ver que le tocaba. Pasó un buen tiempo, tanto que el humo del padre ya no salía y el doctor ya había agarrado confianza con una de mis tías. Entre los que quedaban echaban miradas como buscándome, pos ya sabían que era por mi culpa que mi apá no se moría. Yo no me quería quitar de ahí, no era que disfrutara de ver como sufría, o no mucho, lo que de verdad no quería era que se muriera. De repente mis ojos se encontraron con los de mi apá, él no dijo nada porque si me hubiera delatado seguro en ese momento me hubieran matado a palos todos los chismosos que andaban por ahí. Pero en su mirada vi un mensaje, una súplica que decía: Déjame ir. Me quité llorando y regresé a mi cuarto, al poco rato, mi apá por fin se murió. Me fueron a buscar en donde se suponía que había estado todo el tiempo, cuando me dieron la noticia hice como que no sabía nada y salí corriendo, pero antes de dar tres pasos me agarraron y no me dejaron ver el cuerpo, ni el velatorio, ni el sepelio; a lo mejor les daba miedo que yo estuviera ahí y mi apá reviviera y que lo de la herencia ya no se lo quedara nadie. Si cuando vivía mi apá ya de por si yo estaba sólo, ahora sin él me sentí abandonado. Mi amá y mis hermanos me dieron la espalda, me quedé sin nada de familia. Ni las cosas que eran pa’ mí me las dejaron, ni el chachito de la casa, ni los billetes, ni nada, todo me lo quitaron. Ya cuando uno está así lo mejor es irse lejos, lo más lejos posible, yo creo que en eso pensó mi apá cuando me encargó con el Ramiro. A los tres días, más o menos, que enterraron a mi apá, mientras caminaba por la calle, escuché que me gritaron desde una camioneta:
―¡Mosca! Nunca nadie en el pueblo se había atrevido a decirme así de frente, por eso no respondí luego luego y seguí con mis cosas.
―¡Mosca!
―gritó de nuevo. Ahora sí miré y busqué con los ojos a ese que gritaba; del otro lado de la carretera vi una camioneta negra, grandota, con los vidrios pintados de oscuro. Por la ventana del copiloto se estiró Ramiro desde su asiento.
―¡Mosca! ¿Eres tú o no?
―dijo Ramiro. Yo dije que sí y caminé despacio y desconfiado para donde estaba la camioneta estacionada. Jamás había visto de cerca un carro de ese tamaño y menos me imaginé que algún día me subiría a uno.
―¡Camínale rápido cabrón!
― ordenó. Le hice caso y me apuré, conforme me iba acercando al gritón ese, me fui dando cuenta de que me subiría al carro pa’ nunca volver. Así le hice y me fui sin avisar, no creo que siquiera me hayan extrañado. Del único del que pasé a despedirme fue de mi apá, allá en su pedacito de pantión.
―Tu papá me contó las cosas que sabes hacer y también anduve preguntando por ahí
―dijo Ramiro
―conmigo no te tienes que esconder y lo puedes hacer todo el tiempo. Es más hasta te voy a pagar para que lo hagas, va a ser parte de tu nuevo trabajo. Yo no le contesté, aunque sabía de lo que me estaba hablando, de momento me dio desconfianza responderle.
―También te vas a encargar de cuidar una casita y darle mantenimiento, me dijo tu padre que eres bueno en esas cosas. Ahí en esa casita es en donde vas a hacer eso que sabes
―me dijo. Ramiro no creía mucho las cosas que le dijo mi apá y yo creo que a la gente que le preguntó también le exageró, porque en el camino cada que pudo atropellar algún animal lo hizo, con algunos ya no alcancé a llegar, pero con otros… pos le enseñé lo que sabía hacer y él nomás se carcajeaba.
―Pues definitivamente me vas a servir chamaco
―me decía. Esas cosas que decía el Ramiro me hicieron sentir bien, por primera vez en toda mi vida iba a estar en un lugar en donde pudiera ser yo y en donde no me rechazaran por hacer las cosas que me gustaba hacer; mi apá supo acomodarme para seguir siendo un hombre de bien. Y aquí estoy, contándole mi vida a usted, no sé cuánto tiempo llevo trabajando para Ramiro y su gente, cuando uno se la pasa bien el tiempo vuela. Ramiro me dice que no debo de hablar con ninguno de los que traen, que sólo tengo que verlos y ya, pero hablar con ustedes me ayuda a estar seguro de que no hago cosas malas. No me vea así, usted sabrá las cosas que hizo pa’ llegar aquí, mire que tenía un rato que no veía a alguien con heridas tan graves ¿Le dolió mucho cuando lo cortaron? No llore señor, eso está mal, si llora así a la mejor hasta lástima le puedo tener y más trabajo le va a costar morirse. Ahí vienen ya de regreso. Como amigo, le recomiendo que mejor conteste bien las preguntas, pa’ que sea rápido, y cuando lo deje morir nomás acuérdese que soy una buena persona.