Cuento

Rojos

PS Guilliem

Todo está lleno de rojos papá, rojos hijos de la chingada. Los veo balancearse abrazados a un vals de recuerdos de triunfos que nunca fueron suyos, hablan de combatir, hablan, sólo hablan.

Putos rojos. Rojos hijos de puta. Vestidos con sus morrales de cuero, sus pelos largos cepillados, su mezclilla bajo el rayo del sol y esas botas cuadradas que no se sabe si son de piel o de plástico, pero que son blancas, del color de las solitarias muertas en los frascos llenos de alcohol de los merolicos en la esquina de San Cosme y Rosas Moreno donde se están reuniendo; los veo con sus barbas y bigotes, los bigotes tintados igual que los dientes de nicotina. Sonríen entre ellos, se ocultan tras sus gafas, tras los pines de la oz y el martillo, de la estrella roja. Algunos utilizan boina, otros, gorra de ferrocarrilero, al cuello llevan paliacates rojos como ellos. Se ocultan bajo mil artificios, tras el Ché. Todo está lleno de rojos papá, rojos hijos de la chingada. Los veo balancearse abrazados a un vals de recuerdos de triunfos que nunca fueron suyos, hablan de combatir, hablan, sólo hablan. Los veo enroscarse amorosamente con la nostalgia de eso que nunca fueron. Son Rojos que creen en la Virgen, Rojos etnocéntricos, rojos que añoran ser blancos o azules, o ser dorados; pero no los Dorados de Villa, nunca esos analfabetos campesinos. Los veo con estandartes de Stalin, caminan orondos ondeando la cara más recordada de lo que fue la URSS. Al pasar por una iglesia se santiguan, «ojalá mi hija llegue virgen al matrimonio, ojalá mi hijo me llene de orgullo, ojalá mi esposa se quede en casa cuidándolos mientras hago la revolución, Dios quiera que me pase cerca una nalguita y se moche mientras mi esposa cuida a los niños». Los escucho, —el pueblo unido jamás será vencido—, pero —esos pinches indios mugrosos son huevones, por eso no tienen nada y yo no hablo con macuarros, yo no soy como ellos, pues qué pasó, velos nada más, pinches indios, si quieren que se formen al final de la marcha, nosotros somos la vanguardia—. Gritan mucho. Son hombres fuertes con manos de aplasta-bisteces, sus barrigas son anchas gotas partidas por la mitad, se sienten aún la fuerza productiva de su Patria acabada. Los veo formarse en rectángulos. Vacas. Se conocen, saben de ti casi todos papá, siguen pasando lista, ahora, con plumas Mont Blanc. Los veo reír, juegan a tocarse los testículos, a penetrarse verbalmente, siéntate aquí, chupa limón, saco: quisieran acariciarse, besarse, lamerse los bigotes unos a otros, apretujarse entre sus barrigas olorosas a camisa de franela, encular a su compadre con sombrero de paja, meterle el dedo, mamarse el pito en círculos concéntricos y eternos. Los veo y recargo el lomo en una pared sucia. Amenaza la lluvia: los cántaros de los tlaloques se desmadran contra el piso, el pavimento negro brilla retando al cielo con sus vapores. Tu ausencia me persigue. Reparten panfletos, pegan carteles, algunos traen la cara de sus dirigentes en matices del blanco y del negro, peinada bajo unos lentes gruesos. Tú para ellos no existes. Piden y piden y piden migajas, piden y piden y piden limosnas. Podría mearles la cabeza a cada uno de ellos. Moriste por ellos. Te me fuiste a Chihuahua, Jalisco, Guerrero, Oaxaca, Chiapas y te me viniste a morir a dos calles de nuestra casa en el DF, te dispararon siete veces en la cabeza, en la Roma, también a Tania le deshicieron el cráneo, tu novia de aquel entonces. No te conocí, no se hablaba de ti; ni mi hermana ni yo, ni mi mamá ni mi mamá Concha, todos en el más absoluto silencio. Nos llegaban cartas a escondidas, se guardaban esas cartas, no se leían, no se leyeron, un día desaparecieron y nos cambiamos de casa, y caminábamos con cuidado, y mi mamá Concha se pintó el pelo, y mi mamá se lo cortó tanto como yo, y yo me dejé largo el pelo y mi hermana se cambió el peinado, pero no se cortó el pelo. Tu sombra de hombre que me brindó su nombre, del que nos quitaron el apellido, me persigue, se come todos los colores, me va pisando los talones, se come toda inmensidad y la vuelve nada, nada negra. Cada vez veo más rojos, pocas mujeres, las que están llevan la boca pintada. Los veo unirse en secciones, siguen pasando lista. Algunos fuman en pipa de madera tabaco comprado en Sanborns, lo prenden con sus zippos plateados, se remangan las camisas para ponerse a marchar. Rojos que ondean banderas rojas, que olvidan, aunque aúllen, aunque que el color de la sangre jamás se olvida y los masacrados serán vengados, los rojos olvidaron a los muertos, sus propios muertos. A mi primer muerto. Se escucharon los disparos y las sirenas, te encontraron derrumbado, con el cuerpo tirante tratando de proteger a Tania; dos amorosos cuerpos deshechos sólo a dos calles de nuestra casa. Mi mamá Concha se desplomó cuando tuvo que reconocer tu cuerpo extraviado por años, no pudo de asirse de ti. Mi madre lloró tu muerte aliviada y vacía. Tres años, no más, tres años fuiste mi padre, después quisiste ser un Lenin, padre de todo un pueblo. Frente a mí están los rojos, esos hijos de la chingada, tus compañeros, palomas pepenadoras insaciables. Debería escupirles en sus inflamadas caras rojas. Podría mearles la cabeza. Hablan de sus proezas, y no del asalto al puto cuartel, o de cómo formaste el sindicato, o del par de huevos que tenías para marchar a la sierra y dejar madre, esposa y dos hijos en el más pleno desamparo por el bien de la nueva patria revolucionaria. No hablan del hombre nuevo, papá, que por cierto, nunca llegó a ser parido. Te borraron de su historia, casi desapareces de la mía. Esperaré a que comience la lluvia para integrarme al bloque negro. Los parias papá, sí, los parias. Se van a cagar los rojos.

Sobre el autor

PS Guilliem

PS Guilliem es un autor con múltiples registros y en continua formación. En 2025 publicó su primer poemario, Arde Patria, con la editorial Buenos Aires Poetry; en 2019, con Thyrso Editorial, lanzó su novela BIGMETRA; es Maestro en Literatura Aplicada por la IBERO Puebla y licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Su obra incluye cuentos y poemas que han aparecido en diversas antologías y revistas, tanto digitales como impresas. Más allá de su faceta como escritor, Guilliem, comparte su pasión por la literatura de distintas formas: actualmente se desempeña como profesor universitario y tallerista, busca acompañar a las nuevas generaciones de creadores y fomentar el desarrollo de aptitudes literarias en diversos espacios.

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