Ensayo
Mea culpa / Yo pecador
La culpa y el pecado, estampa y fuente de todos nuestros males.
Ya hace varios siglos, durante la edad media, la Iglesia católica inscribió los famosos siete pecados capitales (ya los conocen, son gula, ira, lujuria, avaricia, soberbia, pereza y envidia) como una forma de establecer normas éticas o guías de comportamiento.
Sus contrapartes (mucho menos populares, son: templanza, paciencia, castidad, generosidad, humildad, diligencia y caridad, respectivamente) equivalen a los valores que la religión católica consideraría necesarios para la convivencia, la armonía y la supuesta salvación del alma (supuesta, pues no son ninguna garantía, ya que si, por ejemplo, no fuiste bautizado, no tienes acceso a tu pase VIP).
En verdad, en cada religión se habla de su propia versión del pecado y las maneras de vencerlo. Pero para quienes profesan una religión más humanista y menos autoritaria, o para quienes prefieren no profesar ninguna religión en concreto, el pecado (o su equivalente) no representa una falta contra Dios, sino una falta contra uno mismo.
Las reglas éticas que rigen nuestra vida suelen indicar qué es lo que consideramos malo o bueno.Cuando somos nosotros mismos quienes las elegimos (en vez de que la elija por nosotros alguna religión en la que hemos sido educados generalmente sin nuestro consentimiento) termina siendo menos difícil seguirlas.
Por supuesto, habrá a quienes las reglas del catolicismo les queden como anillo al dedo, o a quien le suceda con las reglas del Islam, no por nada son religiones tan populares (aunque, en verdad, hay muchas otras razones de más peso para su popularidad) pero no cabe duda que siempre es más fácil seguir nuestras propias reglas, antes que doblegarnos ante las de alguien más.
Sin embargo, en esta nube de dogmas y prejuicios en la que habitamos, y quizá también un tanto por preocupación por lo que nuestros seres queridos pensarán, terminamos siguiendo reglas en las que quizá no creemos del todo, o al menos terminamos diciendo que las seguimos…
Pero independientemente de cuáles sean las reglas y quién las haya elegido, ¿por qué nos da sentimiento de culpa al romperlas? No digo que todos ustedes se den de latigazos en la espalda cada vez que duermen un par de horas más de las que deberían o cada vez que se postran al onanismo, pero dependiendo de cada quien, existe cierto sentimiento de culpa al romper las reglas que nosotros mismos nos hemos puesto, ya sea que se trate de no romper la dieta, no reprobar ninguna materia en la escuela o evitar despertar en cama de una persona diferente después de cada fiesta (o ninguna de las anteriores, cada quién sus reglas).
La culpa puede entenderse como una interiorización de la autoridad. La conciencia, nuestro propio e invisible Pepe Grillo, es una figura de autoridad que vive dentro de nosotros y que nos causa terribles conflictos a la hora de desviarnos de lo que nosotros mismos entendemos como bueno o correcto.
En el caso de quienes siguen una visión más autoritaria de la religión, esa figura interior de autoridad regaña y castiga con fuerza todas las debilidades.
El afamado psicoanalista, psicólogo y filósofo Erich Fromm, en su libro Psicoanálisis y religión, dice:
La reacción al propio sentimiento de culpa es la de ser depravado e impotente, de ponerse totalmente a merced de la autoridad, y de este modo esperar ser perdonado. (…). El resultado de esta contrición es que el pecador, que se ha entregado al sentimiento de depravación, queda debilitado moralmente, lleno de odio y de asco hacia sí mismo, y por lo tanto inclinado a pecar de nuevo cuando ha terminado su orgía de autoflagelación.[1]
Evidentemente hay niveles. No es que literalmente todos nos llenemos de asco hacia nosotros mismos automáticamente cada vez que cometemos un error o una falta ética (el asco puede deberse más bien a la resaca), pero lo cierto es que el sentimiento de culpa nos tortura (un poco o mucho) y, al final, no nos ayuda en nada.
¿De qué sirve regodearse en los errores? ¿Castigarse a uno mismo?
Para poner un ejemplo más burdo, se ha demostrado que, para educar a un niño, la mejor forma no es con el castigo, sino con la reflexión y la experimentación. Por supuesto habrá momentos en que un castigo sea necesario, pero no debe ser la base de la educación, pues de ser así, lo que se lograría sería reforzar la idea de la violencia, y causar sentimientos de odio hacia lo aprendido y hacia aquel que lo enseña.
Sucede igual con nuestro sentimiento de culpa. Digamos que nosotros somos los niños y nuestra figura interna de autoridad es la maestra. No logramos nada autoflagelándonos (inserte aquí la imagen de la conciencia, disfrazada de maestra dándonos un reglazo en las yemas de los dedos). Conviene más la reflexión sin culpa y la acción concreta de enmendar los errores. Lo mejor sería disculparse con quien haya que disculparse y seguir adelante. O como dice Kierkergaard: “…demoler constantemente detrás de nosotros el puente del pasado, al fin de poder actuar constantemente en el instante.”[2]
De ahí que no arrepentirse de nada signifique vivir en plenitud. No porque no le demos importancia a nuestro comportamiento, y vivamos una vida de egoísmo, fechorías, lascivia, y/o alevosía (como Elba Esther Gordillo, Rafael Leónidas Trujillo o Jack el Destripador, por ejemplo, con todo respeto), sino vivir en función de la ética, y seguir nuestras reglas, y aceptar que cometemos errores, y perdonárnoslos, y procurar no volver a cometerlos, y perfeccionar la técnica.
Por supuesto, no es tarea fácil, pues implica mucha reflexión, autoanálisis, pero vale la pena. Podríamos terminar ahorrándonos una fortuna en Ozempic, Prozac y Rivotril.
Ya muchos han hablado de la importancia de vivir el presente, desde la antigua Grecia hasta hoy. No se trata de vivir sin memoria y sin visión, superficialmente, sino de no quedar atrapado en otro lugar que no sea el presente.
Alejandro Jodorowsy (considérenlo como quieran) recomienda que, para aliviar la carga de la culpa, hagamos un bien a alguien en forma anónima. Sobre la culpa dice:
“La culpabilidad es una emoción y como toda emoción es una moneda de doble cara:
-Una positiva, adaptativa que ayuda al desarrollo. Nos hace ver que las faltas son errores-maestros, nos estimula hacia la responsabilidad adaptativa y nos guía para tomar nuevos caminos, basándonos en las enseñanzas de los errores cometidos.
- Una negativa, enferma que obstaculiza la evolución. Que es como un nudo…”[3].
Arriesgándome a sonar a libro de auto-ayuda, pero basándome en las ideas de Kierkergaard y Fromm, recomiendo que dejemos de seguir reglas que no nos pertenecen, que tomemos un tiempo para discernir sobre nuestra propia idea de bien y mal. Esta idea estará irremediablemente sesgada por nuestro bagaje cultural y por nuestro contexto social, geográfico y temporal, pero aún así será nuestra, y a partir de ella podremos elegir nuestras propias reglas, y nuestras propias consecuencias.
Para vivir sin culpas hay que pagarlas, ¡paguémoslas! Pero no dejemos de vivir en el ahora, no dejemos de reflexionar sobre nuestras propias acciones, ni de seguir nuestras propias reglas. Claro, confiando en que podemos modificarlas y mejorarlas.
La culpa y el pecado, estampa y fuente de todos nuestros males, pueden convertirse en redención y reglas éticas, motor y guías del crecimiento personal y de la sabiduría… pero ¿quién soy yo para dar consejo? Yo soy sólo una mortal pecadora. Por eso los invito a leer estos temas en pluma de estos grandes (pecadores también, seguro, depende del cristal con que se mire) en los que basé este ensayo:
- Erich Fromm, Psicoanálisis y religión
- S. Kierkergaard, El amor y la religión
- San Agustín, Confesiones
- Ramon Lull, Proverbios
Y ahora, a leer y a pecar, que el mundo se va a acabar.
[1] Fromm, Erich, Psicoanálisis y religión, Psique, Buenos Aires, 1975, p.117
[2] Kierkergaard, S., El amor y la religión, Ed. Tomo, México, 2003, p. 123
[3] Jodorowsky, Alejandro, “La Culpa” en Plano Creativo, 6 de noviembre de 2008, <http://planocreativo.wordpress.com> (revisado 08-oct-2012)

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