Poesía

Morgue

José Vicente Anaya

Selección de poemas de José Vicente Anaya, de su libro Morgue (Universidad Autónoma del Estado de México, 1975-1976).

MORGE No. 1

Empiezo a dormir sobre el aliento

que dejó mi muerte / no puedo soñar.

D e a m b u l o

entre cavernas

que se toman por calles. Salgo

del alarido secreto de otros gritos y

vuelvo a ser el vagabundo perdido,

con huesos tan triturados

que se confunden con cocaína… ¿Qué me sostiene?

Quiero salir,

y en mi cuerpo caigo

a recorrer

este desgano oculto de la noche. ¿A quién busco?

Todos están dormidos. Si fuera verano

y el ambiente de la ciudad menos corrupto,

algunos grillos

me cambiarían el tono de la angustia. He

brincado

límites,

pero me engaño

porque termino en el lugar del salto. Ahora

el trecho

está creciendo

en reversa

de los obstáculos pasados y

sólo me queda el recurso de las transgresiones,

o quedoanclado. ¿Dónde meterme?

Dicen que en otras ciudades hay

cafeterías, cines, bares, para los desvelados…

He salidoa revolcar la voz. Con cada paso

ascienden las cenizas

de los incinerados. La garganta

no puede con otro ritmo

que esté alejado

delos acordes con que responde el piso

en cada huella… La noche

está empeorando,

con cada canción

que se introduce

a envenenar las venas, como

si otro alguien, que soy yo,

se hubiera metido en mí

para usurparme

las ganas de vivir… y

en esta pena

me preparo un escándalo mayor

que sufriré

más tarde.

Pero insisto en caminar,

y me voy

disputándole al pánico

mi suerte.

Me voy parpadeando

la oscuridad. Apretado

en la incertidumbre

de que me toque amanecer. Los pajarracos

grises

que anidan los techos

ni siquiera saben recibir al día… no hay

petirrojos, gorriones, canarios, alondras ni

cardenales, y

las palomas pasan con plumajes sucios…

Sin embargo amanece, y

la señal

es ese pitido de la fábrica

que saca su chimenea

sobre las casas. El humo

se levanta

burlándose con sus tonos de negro; adentro

están los hombres

moliéndose la vida… Afuera

el sol nos pinta la bóveda con rojos

mirados

tras una tela opaca… Sigo caminando

hasta

que no obedece el pie

a las intenciones. Me canso. Llego

a donde los edificios

se fueron agrandando, y

esta urbe

impostora

se viste de metrópoli. Hay que pasar

por su centro palpitante

de pordioseros, pegados

a las pertas

de la abundancia financiera, moscas

enloquecidas

en los muladares

donde nada encuentran… Los

alcohólicos lumpen

desvariando

recuerdos, ilusiones

con que abandonan

la realidad encrudecida: una mujer

huesuda

con costras negras en la piel,

con larga vieja capa

de terciopelo negro,

pasea

majestuosa

como viniendo de la Corte

del Reino de Castilla /

Otro mundo dentro de este mundo

y puedes percatarte

de que la lepra no fue una maldad

quedada en el Medievo:

en la banqueta

se sienta una anciana

que muestra una pierna de madera

y la otra vendada con medio pie comido…

Este mundo,

metido en otro mundo.


TRES TIEMPOS, AHORA, DEL AMOR POR ISABEL

UNO

Qué prolongado silencio,

cúmulo de soledad que se contiene,

provocó el encuentro

de aquel amor

que te orilló a ser gata

maullante de locura. Qué

te impulsó de fuerza

hallando caracoles

sobre mi cabellera. Y cómo

empezó tu cuerpo

a con-fundir mi cuerpo. O yo a

descubrir que sólo un solo amor intenso

existe: el último:

tú,

que llegaste envolviendo la maleza:

tú y yo

que tuvimos palabras corporales

unidas de identidad al tacto, tú y yo

que encontramos líneas de perfección

en nuestros cuerpos

porque el amor hizo rendirse a la otredad

por la videncia,

impregnando la realidad de otra manera:

el hallazgo del vértigo

que conduce a fundar lo inesperado…

DOS

Ah, muchacha, qué gatos aquellos

los que fuimos

en celo:

acariciándonos al encontrar,

más que horizontes,

noches de luna llena en

cada lunar de nuestros cuerpos.

Con qué sabor

en tus caderas empezaba el mar

a deleitarme y

nos hacíamos río

para un verano nuestro

tan sólo con tocarnos. Gatos en celo.

¡Y!

¿quién empezó

a sacar sus garras… entonces?

¡qué hice! — ¡qué hiciste!

¿hicimos?

Porque

fuimos teniendo heridas por la espalda

y un silencio ruidoso para hablar

a solas. Un asesino entrenado en la sensatez,

meticuloso, lógico, metido

en cada cuerpo de este siglo, cambia

la corporeidad, viene

acechando a cada enamorado… y

alguien, sin siquiera inmutarse,

soltó el tiro de gracia:

¡ay!

amor irredento entre los brazos.

¿Tenía que ser así?

TRES

¿Y cómo me fui curando

del miedo de

que no me quieras? No

estoy curado, Si no,

¿por qué estaría recordando

la delicia y el fiero secreto

con que nos desgarramos?

Al perderte, perdí una inmensidad,

no a ti,

sino al amor apasionado y loco;

porque me dio de andar

en las barrancas de la misoginia,

persiguiendo el suicidio y

acumulando el odio acumulado. Enfermo

de más,

adhiriendo imágenes de pavor

al sueño paranoico. Quise abrir

las puertas de cárceles y manicomios.

Quise escarbar algunas tumbas, para

encontrar a José Luis, y que me hablara

de su amor por Mick Jager, de cómo

los hombres feos trascienden la belleza.

Quise aprender a ser más insolente. Pero

no pude dar siquiera un paso.

Los asaltos vinieron en la noche:

despierto

atravesé cuchillos / bailé con mi esqueleto /

recibí invitaciones de los reclusorios / Me

interrogaron

frente a una luz amarillenta / Un

alienado me subió en su nave / Gonzalo

chillaba

con su cerebro fundido por

los choques eléctricos / Me acribillaron

desde una patrulla / Quedé exhausto

buscando a mi gente y

terminé abandonado, sentándome

con un grupo de lumpenproletarios;

vomitando licor y

cantando La Internacional para

darme ánimos. No estoy curado.


RAPTUS

Me saqué los ojos, como Edipo,

y los hijos de la chingada

esperan que sea cierto…


MORGUE No. 3

Ciego. Ensayando maneras de mirar

en mar de triquiñuelas y

la sombra abrazando. La

cabeza blindada

se observa

entre rejillas: quiero

captarme, saber qué tanto soy

las figuraciones

que aletean mi cara… Todo

el color negro

me punzó los ojos. Aquí

pudo haber árboles, casas,

niños jugando; pero arrojamos

napalm,

truenos defoliadores y

la confirmación

de que la bomba atómica

se puede generar

desde los genitales… Otro paisaje

que se desdobla. Apeñuscados

en posición de cuclillas

arañando acero, y

un movimiento de puntitas

en el atolladero: pasos

callados

para no despertar

al moribundo

que jala los talones…

Arrojé los ojos para ver,

Cuando el mundo

Se adhería en la carne

Tallando mi osamenta…

Perdurará una ceguera

recurrente,

pero habrá signos de batalla

en una muchedumbre que

se encuentre en

sus miembros. Por mi parte

acepto la condena

de poeta en la vida

buscando compañeros,

tanto como al amor, entre

mi muerte prójima. Seguiré

aunque siga registrando

hasta el último lecho de mi muerte.

Sobre el autor

José Vicente Anaya

(Villa Coronado, Chihuahua, 1947–Ciudad de México, agosto de 2020) fue poeta, ensayista, editor, periodista cultural y traductor. Fue fundador de Alforja, revista de poesía, y miembro fundador de la Sociedad de Escritores de México y Japón. Publicó más de cuarenta libros, entre ellos Híkuri, Los poetas que cayeron del cielo, Peregrino y Paria, y tradujo al español a autores como Allen Ginsberg, Henry Miller, Sylvia Plath, Arthur Rimbaud, Jim Morrison y Gregory Corso. Su obra recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Plural de Poesía, el Premio de Literatura Tomás Valles y la distinción de Escritor Emérito del ICHICULT-CONACULTA; además, fue miembro del Sistema Nacional de Creadores. Su poesía fue traducida a diversos idiomas y su trabajo como escritor, editor, traductor y docente tuvo presencia en varios países.

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